j.c
13 julio, 2016
Gaby M
13 julio, 2016
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C.

Hoy hace tan sólo cinco meses que corté el cordón umbilical de la terrible dependencia emocional. Estoy llena de sueños, dominada por una singular corriente que me hace avistar nuevos horizontes. Soy como aquella joven y bella amazona que a los 24 años aprisionó vigorosa al corcel equivocado; mimetizada con el despropósito, convirtiéndome en un alma errante, desprovista de dignidad durante largos años. La diferencia es que decidí bajarme de su lomo y dejar de galopar en la inexistente dicha que me otorgaba tan pernicioso semental.

Hoy tengo 50 años y un hijo de 15 en plena adolescencia del que van emergiendo atisbos de un hombre admirable. No tengo trabajo, pero tengo tantas capacidades para salir adelante que no tengo miedo. Por si fuera poco, debo irme de España y emprender el camino en otro país, pero tengo tantas ilusiones y confianza que estoy emocionada. Hace casi dos años que me separé físicamente de mi marido tras 25 años atada a una relación tóxica, pero es tan grande mi paz y mi tranquilidad que a veces puedo tocar la felicidad. Estoy orgullosa de mi porque tengo muchas virtudes. Soy noble, talentosa, valiente, fuerte, inteligente, optimista, amorosa, compasiva, resolutiva, divertida, generosa, realista, audaz, responsable, sincera, y más. Hoy sé que sólo merezco cosas buenas.

Dar el gran paso para desligarme y salir del círculo nocivo, cíclico, apocalíptico y desgastante hasta la muerte, – como lo es la dependencia emocional – fue difícil, pero Silvia fue mi maestra, mi dulce Atenea. Se volvió el aura de mi discernimiento, mi avezada guía. Despejó siempre serena y balsámica mis dudas, pero fue implacable ante la realidad que me sucumbía. Mi dorada Atenea me prodigó de una determinación y firmeza excepcional, y me invitó a actuar con habilidad. Fui su fiel aprendiz. Le debo a ella el encontrarme en esta nueva etapa de mi vida.

A ti hermosa Silvia, mi dulce panacea, mi precisa y conocedora mentora; te llevo siempre en el pensamiento porque tus enseñanzas, sin tu saberlo, forman ya parte de mi conciencia.

Lo que sigue a continuación es mi historia. A grandes rasgos un ejemplo más de dependencia emocional, como tantas otras. El teatro de mi propia vida. La quiero compartir con vosotros para demostrar que podemos cortar con la dependencia emocional, recuperarnos y resurgir perennes ante la vida.

*Dedicado a todos los hombres y mujeres que sufren el infierno de la dependencia emocional

“La gran historia de desamor de El Atormentado Orfeo y la desdichada Eurídice”

-Primer acto-

(En un país en el trópico, de exuberante vegetación y calientes atardeceres)

Mi vida al lado de El Atormentado Orfeo estuvo llena de altibajos. El Atormentado Orfeo era enigmático, culto, manipulador, interesante, raro, antisocial, profesional, bebedor, bohemio, experimentado, mentiroso, educado, carismático, de una buena familia disfuncional, muy buen amante, con grandes secuelas por haber sido un niño maltrado, encantador, exótico, exconsumidor de todo tipo de pastillas, atractivo, con clase, complicado…atormentado Eurídice era bella, ingenua, atrevida, deseada, polifacética, exitosa, irreal, soñadora, apasionada, imaginativa, sana, inteligente, curiosa, inmadura, especial, utópica, sincera, crédula, talentosa, alegre, arriesgada.

Éramos una mezcla explosiva y desbocada, cargada de concupiscencia, de días llenos de aventuras pletóricas, de batallas, de fatigas descarnadas y de reconciliaciones arrebatadoras que llegaban a lo místico.

Antes de casarme con Orfeo tuve muchas señales que me hicieron ver que no era una persona normal, pero decidí ignorarlas, desoí mi voz interior. Para aquel entonces mi metamorfosis ya estaba en proceso y El Atormentado Orfeo me prometió cambiar. Cuando nos casamos tuvimos seis años de felicidad. Fui su musa, su mundo, su todo. Durante esos años Orfeo tocó por cortos momentos la incongruencia, los excesos y coqueteó con sus antiguos vicios. Pero éramos pródigos en toda clase de recursos económicos, profesionales y sociales, así que todo continuó. Tras los primeros seis años llegó nuestro deseado hijo Olat ; el fruto de nuestro amor y la recompensa a tan azarosa relación. Orfeo se volvió tremendamente metódico, responsable, abastecedor. Fue mi cuidador y centinela porque amaba por sobre todas las cosas a su futuro hijo y lo que ese niño representaba: culminación, porvenir, el vértice del amor. Tras largos meses de dolorosa y complicada espera en cama, nació. Nuestra fascinación fue tal que olvidamos nuestra historia personal. Olat era un ser precioso y perfecto. Olat era amor. Duró muy poco, nuestro hijo tuvo serias complicaciones de salud siendo apenas un bebé. El Atormentado Orfeo no enfrentó la realidad, sino que naufragó en su mundo de degeneración. Se amputó el sufrimiento a base de pastillas, alcohol, sexo, mujeres, pornografía, se perdió…Mientras, yo sola, hundida, temerosa, humillada, vejada, olvidada, maltratada psicológicamente. Mi pequeño Olat con su enfermedad era mi sino. Me empecé a volver nerviosa, ansiosa, temerosa; dejé de ser bella, lloraba, estaba llena de angustia, de tristeza, de un constante dolor. Mientras, soportaba las atrocidades más grandes, las vejaciones más dolosas y sórdidas.

Luego…El Atormentado Orfeo se fue, nos abandonó. Tras él se fue la locura de la casa, pero dejó un halo de podredumbre y desolación, dejó una casa hecha ruinas.

Eurídice desde el fango, vulnerable, descompuesta y con su hijo Olat empezó a salir del caos. Tenía fuertes las raíces así que podría ponerse en pie tarde o temprano. Por si fuera poco, le quedaba la ardua tarea de enderezar todos los desperfectos económicos, legales y sociales que le había dejado El Atormentado.

Pero Orfeo volvió tras un tiempo. Estaba roto, desfragmentado. Emergió de los infiernos suplicante, arrepentido, con manipulación. Y Eurídice lo dejó entrar, confió en el embaucador , en El Atormentado.

– Segundo acto –

(En un país bañado por tres mares, extraño y ajeno)

Tras otra oportunidad El Atormentado Orfeo se volvió un asceta, fanático de la cordura, de la religión, de la prudencia. Trabajador incansable, obsesivo y reflexivo. Eurídice y Orfeo estaban muy ocupados en empezar una nueva vida en el país bañado por los tres mares. Hacían buen equipo, tenían un perfecto método para enfrentar los retos cuando remaban para el mismo lado y cuando El Atormentado se encontraba en sus cabales era fácil.

Pero duró poco. El precioso Olat enfermó nuevamente. Con ello llego la desesperación, la locura, el miedo, el dolor en su estado más profundo y cruel.

Orfeo fue mitigando día a día su sufrimiento, retomó su inmoralidad, sus excesos, su maldad. Me engañó, le dio mi lugar a otras mujeres, me humilló nuevamente. Retomó todos sus vicios, enloqueció y se fue nuevamente, nos abandonó.

Mi divino Olat de cinco años se recuperaba lentamente. Era fuerte como un roble, con una tenacidad feroz y además era feliz. Entregué mi vida a Olat porque lo amaba más allá de lo posible, hasta donde no existe la razón.

Eurídice estaba sola, abandonada, herida, rota, con miedo, ultrajada. Su metamorfosis continuaba tras un tiempo silente. Se volvió temerosa, exaltada llena de angustias y ansiedad. Empezó a ponerse fea, desarreglada y gorda.

Luego El Atormentado Orfeo, tras un tiempo, volvió de las tinieblas nuevamente y Eurídice lo dejó entrar.

-Tercer acto-

(En un país bañado por tres mares, ya no tan extraño, ni ajeno)

Durante ocho años me dediqué en cuerpo y alma a mi divino Olat. Él me necesitaba mucho. Fui su apoyo, su guía, su seguridad. Mi vida la componía Olat, mi trabajo y mi profesión, mi casa y mi otro hijo, El Atormentado Orfeo, – que era en lo que se había vuelto para ese entonces -. Para mi no quedaba ni una pequeña parcela.

Olat ya tenía 13 años. Él y su padre Orfeo fueron felices durante todos estos años juntos. Se volvieron cómplices, rieron, disfrutaron, se amaron mucho. Orfeo adoraba a su hijo y lo procuraba. Olat quería a su padre tanto como a mi.

Yo era testigo de su relación, vigilante, siempre presente, procurando que nada dañase su felicidad. Nos premiamos a los tres durante esos años y viajamos a muchos lugares bañados con mares muy distintos. Fuimos por el mundo, descubriendo cada rincón con Olat y lejos de cualquier recuerdo de enfermedades pasadas. Yo era feliz sabiendo que Olat lo era y viendo como El Atormentado Orfeo parecía mitigar sus terribles carencias.

Eurídice soportó sobre sus fuertes raíces el peso del infortunio, su agotamiento, su fatiga. Su metamorfosis casi estaba terminada.

Muchas veces soñaba, se acordaba de cómo era antes al principio de la historia, de sus inquietudes, de sus ilusiones y hablaba con Orfeo para que

juntos pudieran volver a sus inicios, rescatar su esencia y de la mano rehacer una nueva alborada, lejos de tanto dolor. Ahora que Olat crecía con normalidad ya era tiempo para recomponer la relación de pareja, pero la metamorfosis había concluido. Eurídice ya no era ella. No quedaba ni un atisbo de su ser, de su belleza. Su magnetismo se había ido y había sido remplazado por una masa deforme, abotagada, adolorida y gris, casi inerte sin vida.

Y nuevamente sin avisar, El Atormentado Orfeo volvió a caer sigilosa y cautelosamente en brazos de sus adicciones, de los excesos, de sus locuras. Otra vez anestesiado de la vida, planeando premeditadamente la más indigna y vil traición. Su protagonista era una amante virtual con la que se entretenía tras sus largos viajes de trabajo y la que más tarde se volvió real. A la par que el exitoso ejecutivo, El Atormentado Orfeo vivía su historia paralela. Eurídice planeaba paso a paso la recuperación de su matrimonio, sin saber lo que se fraguaba a sus espaldas.

Al día siguiente que Olat cumplió 14 años, Eurídice descubrió la traición y El atormentado Orfeo se fue nuevamente, nos abandonó.

– Cuarto y último acto –

(Sigo en el país de los tres mares)

Tras año y medio separada de El Atormentado Orfeo, Eurídice continuaba siendo el basurero de sus miserias. Aún tendría que vivir varios episodios de completa intoxicación, con policía y bomberos incluidos; de ver que Olat presenciara la decadencia y decrepitud del estado avanzado de la descomposición de su padre, y de saberse engañada cientos de veces sin

poder hacer nada.

El Atormentado aunque no vivía en casa, iba y venía de nuestras vidas. Más intoxicado y loco se iba, menos intoxicado y queriendo ayuda volvía. Yo seguí con la vida, tratando de avanzar, de superar mi dolor, de recomponerme y salir de la metamorfosis; de resarcir el daño y sufrimiento que le habían ocasionado a Olat las conductas de su padre.

El Atormentado Orfeo llegó incluso a ponerse en tratamiento y en manos de profesionales. Aceptó y reconoció su adicción, lo nunca hecho en toda su vida. Nos pidió ayuda, nos pidió perdón. Sufría mucho, estaba solo, perdido, sin saber que hacer, había tocado fondo. Sus deseos fueron escuchados. Lo acompañé en la cruzada, lo perdoné, su hijo le tendió una mano, aunque nunca

más le permití vivir en nuestra casa. Juró no volver a hacernos daño, pero fue en vano. Tras dos meses limpio, volvió a su amante y a su adicción, a su caos mortal.

Tras los infiernos quiso volver de nuevo. Los últimos estertores de su manipulación me llenaron de sentimientos de culpabilidad y de pena. Estuve a punto de abrirle las puertas nuevamente como a un hijo pródigo, pero el Atormentado Orfeo era un lobo viejo y sarnoso, cubierto por una dulce piel de cordero desgastada , y ésta ya no le cubría como antes; ahora se podía ver muy bien su larga cola y sus orejas puntiagudas.

Pude descubrir que nuestra historia estaba marcada por patrones. Orfeo siguió los pasos exactos de su padre, y yo Eurípides, los de mi madre. Ese legado atávico terminaría en mi estirpe para siempre, y yo emprendería la contienda.

Eurídice había emergido de la metamorfosis y ahora volvía a resplandecer. Sus piernas eran largas, fuertes y musculosas, como la gran amazona que era. Volvió a su ser. Se miró en el espejo y se descubrió bella, más que nunca, restaurada. Su gran melena rizada estaba larga, fuerte y frondosa, y en el brillo de su mirada, se adivinaban las ganas de vivir y la bravura de su raza. Sin duda se había convertido en una legendaria valquiria.

Supe que tenía que actuar cuando miré a Olat. Mi precioso Olat se había convertido en ese año y medio en un joven alto, fuerte como un roble, decisivo, valiente, amoroso, con más sentido común del que debiera tener por su corta edad. Me sentí agradecida y en deuda con la vida, tenía ante mi ojos el ejemplo fiel de mi más sublime obra de amor. Incluso estando perdida y yerta de dignidad, pude resguardar y guiar a Olat.

Hoy mi precioso Olat y yo emprenderemos el camino hacía un país donde a veces el sol es perpetuo durante la noche, y donde a veces, las noches son tan largas como el día. Nos acompañan nuestros sueños, nuestra fuerza, nos une nuestra historia, nuestro amor.

El Atormentado Orfeo se regresó a un país en el trópico. Está solo, lamiéndose las heridas, sigiloso en su destierro, acicalando su piel de cordero. Aún en la distancia su enferma dependencia le hace fabular tretas para intentar aprisionarme y cautivarme. Yo, hoy lúcida, siempre presta y precavida ante El Atormentado; recuerdo el pasado, para construir un presente y un futuro con ímpetu, el que otorga la lucha por la supervivencia.

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